Viaje a Nara 1

¡Hola! Soy Haha. 😊

Hoy os voy a contar nuestro viaje a Nara. Seguro que muchos la conocéis por sus famosos ciervos sagrados.

Nara está situada entre Kioto (al norte) y Osaka (al oeste). Aunque suele quedar un poco a la sombra de estas dos ciudades, merece muchísimo la pena visitarla. Fue una de las primeras capitales de Japón, incluso antes que Kioto. Es famosa por Hōryū-ji, donde se encuentra el edificio de madera más antiguo del mundo, con más de 1.400 años de historia; por el Gran Buda de Tōdai-ji; por los ciervos sagrados del parque de Nara… En definitiva, hay muchísimos lugares interesantes que descubrir.

Nosotras fuimos con dos objetivos: visitar sus templos históricos y aprovechar para ver a un amigo mío, el chef del restaurante Gojo Genbei, en la ciudad de Gojō. Ya os contaré esa experiencia más adelante, pero primero vamos con nuestro día en la ciudad de Nara.

Viajamos en shinkansen (el tren bala). Éramos tres mujeres de tres generaciones: mi madre, mi hija Musume y yo.

El viaje empezó muy bien. Bajamos en la estación de Kioto y allí hicimos transbordo al tren exprés de Kintetsu. (Aunque imagino que muchos de vosotros viajaréis con el Japan Rail Pass; en ese caso podéis llegar a Nara directamente con JR).

¡¡Qué calooooor hacía!! ¡Madre mía!

Al principio estábamos encantadas dando las galletitas especiales a los ciervos, haciendo fotos y grabando vídeos. Pero poco después mi madre empezó a sentirse mareada por el calor.

«Uy… ¿y ahora qué hacemos?»

Todavía nos quedaba bastante camino hasta Tōdai-ji, donde está el Gran Buda, y enseguida pensamos que mi madre no iba a aguantar caminando bajo ese sol.

¡Y entonces apareció un taxi! Nos subimos inmediatamente y le pedimos que nos llevara hasta Tōdai-ji.

La verdad es que nos salvó el día… Pasamos por Nigatsu-dō y desde allí bajamos caminando hasta la entrada de Tōdai-ji. Es Nigatsu-dō, aqui se celebra el ritual llamado Omizutori, una tradición que se lleva celebrando desde hace más de 1.200 años.

Pasando por Nigatsu-dō, entramos a Todaiji…

¡El Gran Buda era enorme como siempre! Era la segunda vez que lo veía, pero no pude evitar reírme otra vez. Siempre tengo la misma sensación: parece que el pobre Buda está metido en un edificio demasiado pequeño para él, como si estuviera incómodo dentro de su propia casa. Siempre me imagino al Buda quejándose porque no tiene espacio suficiente.

Aquí mi madre quería conseguir un goshuin, el sello tradicional del templo.

En Japón existe la costumbre de coleccionar goshuin. No son simples sellos como los que conocemos normalmente, sino auténticas caligrafías hechas a mano por los monjes o el personal del templo en una libreta especial llamada goshuinchō. Se dice que traen buena suerte, y mi madre es toda una coleccionista.

Después de visitar Tōdai-ji queríamos acercarnos al templo Kōfuku-ji y al santuario Kasuga Taisha, pero mi madre estaba ya muy afectada por el calor, así que decidimos dejarlo para otra ocasión.

Para compensarlo, fuimos a una cafetería muy famosa por su kakigōri, el tradicional granizado japonés, y Kakinohazushi que es sushi envuelto a la hoja de Caqui.

Después alquilamos un coche… ¡pero esa parte os la contaré en el próximo artículo! 😊

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